lunes, 21 de febrero de 2011

HONOR Y GLORIA A LAS MANOS LABORIOSAS DEL MAESTRO RODRIGO PEÑALBA.

HONOR Y GLORIA A LAS MANOS LABORIOSAS DEL MAESTRO RODRIGO PEÑALBA.: "
AUTO RETRATO DEL MAESTRO PEÑALBA.

RODRIGO PEÑALBA
nació en León de Nicaragua, el 15 de mayo de 1908 y murió en San Pedro Sula, Honduras, el 3 de junio de 1979. Pasó su infancia y primera adolescencia en León. Hijo de don Pastor Peñalba Argüello, heredó de su padre la vocación y el oficio de pintor. Bachiller del Colegio Centroamérica de Granada, marchó en 1925 a México y Estados Unidos a estudiar pintura. Posteriormente estudió en la Academia de San Fernando de Madrid (1933-1937) en la Academia de San Carlos de México (1937-1939), y en la Regia Scuola di Belle Arti, en Roma (1938-41). Regresó a América en 1946, expuso en Nueva York y Washington en el gran momento inicial de la Escuela de Nueva York y su pintura expresionista y figurativa, fue saludada por la crítica estadounidense. En 1948 fue nombrado director de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Nicaragua, en Managua, desde la cual a lo largo de dos décadas (1960-1973), amaestró, fundamentó, estimuló y organizó el movimiento pictórico nicaragüense. Es el pionero y el maestro por excelencia de nuestras artes plásticas. Desde 1946 hasta poco antes de su muerte participó en innumerables exposiciones colectivas nacionales e internacionales, dos retrospectivas y varios concursos. Nutrido del arte moderno europeo y mexicano, se propuso explorar y expresar la americanidad y concretar un arte integral (pintura, escultura y arquitectura), iniciando en Nicaragua el muralismo y el materismo y realizando la pintura religiosa colonial y el retrato criollo y burgués de los siglos XVIII y XIX.
Contemplando en perspectiva, se puede afirmar que Rodrigo Peñalba (1908-1979) nació para pintar, que fue producto de la pintura y que es el fundador de las presentes artes visuales de Nicaragua. Los datos biográficos dicen que en verdad fue hijo de un optometrista de profesión, que se ganaba la vida midiendo la captación del ojo o el alcance de la vista; pero cuya verdadera vocación era la de pintor, que sobre todo es el arte de ver. Las telas y biombos de don Pastor (1879-1959), como se llamaba su padre y se le trataba en el ambiente, producidos a lo largo de su existencia, aunque presa de las limitaciones provincianas, se plantean como imitación o copia fiel de las estampas bíblicas de los renacentistas, o versiones de los paisajes nativos, representaciones de los ímpetus de la naturaleza encarnados en los caballos, propios del romanticismo y, alguna vez, como alegoría, lo que revelaba el gusto y la sensibilidad afrancesada…
En Rodrigo Peñalba confluyen o culminan todos aquellos tanteos y aproximaciones locales en y a la plástica, desde los siglos coloniales hasta comienzos del siglo XX. Es nuestro último pintor provincial y tradicional y, a su vez, nuestro primer pintor cosmopolita, “mediterráneo” o nicaragüense, lo llama Pablo Antonio Cuadra, moderno y profesional, puesto que vivió y subsistió de la pintura. En él es reconocible esta trayectoria débil y fragmentada o discontinua y con él podemos arrancar la creación y la vigorosa tradición contemporánea.
Aquel academicismo opresivo, aquel mimetismo de colonizados, que sometía la creatividad, en Peñalba se convertiría en escuela, profesión, rigor y vínculo directo con las academias y escenarios metropolitanos. En él se contraponen, se debaten y sintetizan las concepciones clásicas y románticas y, por consiguiente, modernas, de que si el arte es imitación de la naturaleza, al mismo tiempo es creación de otra naturaleza: revelación del yo, y, por ende, expresión confesional, subjetiva, un sostenido autorretrato, libérrima (modernidad igual a diversidad, a versatilidad).
Al manera de aquellos anónimos pintores de los Virreinatos de la Nueva España, México, y del Perú y de la Capitanía General de Guatemala del siglo XVII, su temática es religiosa, incluso, al servicio de la iglesia católica y de su discurso ideológico; pero a diferencia de ellos, su pintura trasciende para ser el signo de una profunda vivencia espiritual y de un proceso de conversión muy particular, que lo hacen quizá uno de los pocos pintores auténticamente religiosos de América, en este siglo tan signado por el racionalismo, el laicismo y el materialismo.
En él también sobrevive y se realiza primordialmente el retratismo de los criollos del siglo XVIII y de los burgueses del siglo XIX que se propusieron fijar la fisonomía y el carácter de los españoles o “chapetones” fincados en la provincia y que documentaron la fisonomía mestiza…
Todos estos empeños, concepciones, índoles y motivos perviven de veras en Peñalba, más exactamente, viven por vez primera, como no vivieron antes. Él es lo mejor del pasado, su rescate e invención, y fue el comienzo del futuro, es decir, de la pintura nicaragüense a partir de la década del cincuenta. Si los retratistas del XVIII y XIX, si don Pastor y sus contemporáneos, como Juan Bautista Cuadra (1877-1952), ofrecen algún interés, es porque la luz de Peñalba se proyecta sobre ellos iluminándolos retrospectivamente. Si Peñalba importa es porque tiene obra y como maestro tuvo discípulos, es decir, porque alumbra el porvenir. Es puerto de llegada y punto de partida… LIC: RENE DAVILA.


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