lunes, 6 de febrero de 2017

Rubén Darío: un maestro de arte y belleza en Hispanoamérica

04/02/2017
El poeta Rubén Darío junto a sus amigos, los intelectuales catalanes, en 1912. LA PRENSA/ARCHIVO
El poeta Rubén Darío junto a sus amigos, los intelectuales catalanes, en 1912. LA PRENSA/ARCHIVO
Los críticos coinciden en atribuirle a Rubén un extraordinario magisterio estético, cuya influencia se advierte no solo entre sus contemporáneos sino también en las generaciones que le sucedieron.
Rubén fue un maestro de arte y belleza, forjador de una nueva estética para el idioma en cuyas fuentes siempre abrevan con provecho los hombres y mujeres consagrados al duro oficio de escribir.
El profesor Edelberto Torres afirma, con acierto, que “el atributo de educador nadie se lo negará a Rubén Darío, si educar se entiende como el ejercicio de influencias estimulantes del desarrollo espiritual”.
En su brillante ensayo Vigencia de Rubén Darío, Guillermo de Torre se pregunta: “¿Existe una teoría estética definida, orgánica, en Rubén Darío?” “No —se responde a sí mismo el eminente crítico— solo se halla de modo implícito, fragmentario, y tendría un resultado muy aleatorio intentar su articulación sistemática”.
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Y es que Darío jamás se propuso escribir un manifiesto literario. Más bien, en diferentes oportunidades, expresó claramente su voluntad de no hacerlo.
En las palabras liminares de Prosas Profanas (1896), Rubén nos dice: Después de Azul…, después de Los Raros, voces insinuantes, buena y mala intención, entusiasmo sonoro y envidia subterránea —toda bella cosecha—, solicitaron lo que, en conciencia, no he creído fructuoso ni oportuno; un manifiesto”.
Y luego de las razones por las cuales un manifiesto suyo no sería ni fructuoso ni oportuno:
A. la absoluta falta de elevación mental de la mayoría pensante de nuestro continente (profesores, académicos, periodistas, abogados, poetas y rastacueros).
B. la falta de madurez que él percibe en la obra de los nuevos valores literarios de América, donde los mejores talentos estaban aún, según dice, en el limbo de un completo desconocimiento del mismo arte a que se consagraban.
C. (la razón más importante) “Porque proclamando, como proclamo, una estética acrática, la imposición de un modelo o de un código implicaría una contradicción”.
Más adelante agrega: “Mi literatura es mía en mi quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal y, paje o esclavo, no podrá ocultar sello o librea. Wagner, a Austria Holmes, su discípula, dijo un día: ‘Lo primero, no imitar a nadie, y sobre todo, a mí’. Gran decir”.

La nobleza del arte

Luego, en el breve prefacio de sus Cantos de vida y esperanza (1905), reitera estos conceptos y asegura que su “respeto por la aristocracia del pensamiento, por la nobleza del arte, siempre es el mismo. Mi antiguo aborrecimiento a la mediocridad, a la mulatez intelectual, a la chatura estética, apenas si se aminora hoy con una razonada indiferencia”.
Más importante, en cuanto a la precisión de las ideas estéticas de Rubén, es el extenso proemio que insertó en su libro El canto errante (1907), dedicado “a los nuevos poetas de las Españas”.
El texto de este proemio es realmente el mismo del extenso artículo que Rubén escribió para Los Lunes de El Imparcial, de Madrid, en respuesta a la invitación que se le hiciera para exponer sus ideas en relación con el arte y literatura.
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Este texto se intituló primero Dilucidaciones, pasando luego a constituir el proemio de El canto errante.
Edelberto Torres, a cuya autoridad tantas veces hemos acudido, califica este proemio como el “credo poético” de Rubén Darío, “la definición de su actitud y de su misión”. “Estas dilucidaciones —agrega don Edelberto—, son la exposición más completa que (Darío) ha hecho de sus ideas sobre los asuntos que más le atañen, incluso, por tanto, la forma poética”.

La nueva estética

Si bien es cierto que la aportación teórica de Rubén Darío, en cuanto a la formulación de una nueva estética, no es muy abundante, porque él mismo se negó a hacerlo, con todo, de sus escritos es posible extraer conceptos claros al respecto, aunque es obvio que el magisterio estético de Rubén está en su propia obra más que en los prólogos de sus libros que, en el mejor de los casos, como nos advierte Guillermo de Torre, constituyen “una explicación marginal de su propia obra, sin adentrarse a fondo en la mutación de la lírica española e hispanoamericana experimentada durante su tiempo y, en buena parte, por su influjo”.
Los dos escritos donde Rubén fue más explícito acerca de su creación poética son: el antes mencionado proemio de El canto errante y el artículo publicado, varios años atrás (1896) en La Nación de Buenos Aires, bajo el título Los colores del estandarte, en respuesta a los comentarios que Paul Groussac escribió en su revista La Biblioteca sobre Los Raros y Prosas Profanas.

Razones del poeta

En Los colores del estandarte Darío confiesa que su sueño era “escribir en lengua francesa”… “Al penetrar en ciertos secretos de armonía, de matiz, de sugestión, que hay en la lengua francesa, fue mi pensamiento descubrirlos en el español, o aplicarlos”…
De su libro Azul… destaca, como aportes el “cuento parisiense”, la adjetivación francesa, el giro galo y los ecos de Goncourt, Catulle Mendés, Heredia y Coppée.
Luego, y los más importantes, Darío da una de las pocas definiciones que ensayó sobre su poética: “La poética nuestra, dice, se basa en la melodía; …el capricho rítmico es personal.
El verso libre francés, hoy adaptado por los modernos a todos los idiomas e iniciado por Whitman, principalmente, está sujeto a la ‘melodía’. Aquí llegamos a Wagner” “…Un poco más explícito, en las palabras liminares de Prosas Profanas, Darío se refiere a la cuestión métrica y el ritmo: “Como cada palabra tiene un alma, hay en cada verso, además de la armonía verbal, una melodía ideal. La música es solo de la idea, muchas veces”.
En el proemio de El canto errante Darío comienza por responder a la proposición, surgida en las discusiones del Ateneo de Madrid con motivo del auge del versolibrismo, acerca de “si la forma poética está llamada a desaparecer”, si se identifica la poesía únicamente con la forma poética métrica:
“La forma poética, es decir, la de la rosada rosa, la de la cola de pavo real, la de los lindos ojos y frescos labios de las sabrosas mozas, no desaparece bajo la gracia del sol”… “No.La forma poética no está llamada a desaparecer, antes bien, a extenderse, a modificarse, a seguir su desenvolvimiento en el eterno ritmo de los siglos.
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Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía, dijo uno de los puros. Siempre habrá poesía, y siempre habrá poetas. Lo que siempre faltará será la abundancia de los comprendedores”… “No gusto de moldes nuevos ni viejos… Mi verso ha nacido siempre con su cuerpo y alma, y no le he aplicado ninguna clase de ortopedia.
He, sí, cantado aires antiguos; y he querido ir hacia el porvenir, siempre bajo el divino imperio de la música —música de las ideas, música del verbo—”…
“Los pensamientos e intenciones de un poeta son estética”, dice un buen escritor. “Que me place. Pienso que el don de arte es aquel que de modo superior hace que nos reconozcamos íntima y exteriormente ante la vida.
El poeta tiene la visión directa e introspectiva de la vida y una supervisión que va más allá de lo que está sujeto a las leyes del general conocimiento”. “Jamás he manifestado el culto exclusivo de la palabra por la palabra”… “Las palabras —escribe el señor Ortega y Gasset—, cuyos pensares me halagan, son logaritmos de las cosas, imágenes, ideas y sentimientos, y, por tanto, solo pueden emplearse como signos de valores, nunca como valores”.

El canto errante

Y aunque Darío no se lo haya propuesto, a él le correspondió, por la influencia de su obra, encabezar el movimiento literario conocido como Modernismo, el más importante movimiento de liberación verbal e independencia cultural que hasta ahora ha producido Hispanoamérica.
Sin embargo, Darío tuvo plena conciencia de su liderazgo, pues en varias oportunidades así lo reconoció. En el prefacio de Cantos de Vida y Esperanza dice claramente: “El movimiento de libertad que me tocó iniciar en América, se propagó hasta España, y tanto aquí como allá, el triunfo está logrado”.
Y en el proemio de El canto errante dice: “El movimiento que en buena parte de las flamantes letras españolas me tocó iniciar, a pesar de mi condición de meteco, echada en cara de cuando en cuando por escritores poco avisados”.

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